1971-1981

Una década intensa

La personalidad polifacética de Muñoz Barberán va a desarrollarse extraordinariamente en esta década, que se inicia y cierra con dos golpes inesperados: una grave enfermedad de ciática, que lo tiene a reposo muchos meses, y un desprendimiento de retina que, tras semanas de zozobra, se solucionaría del modo más favorable. Los proyectos de investigación histórica gestados largamente, la necesidad o casi urgencia de viajar y unas ofertas interesantes que le llegan al pintor por su contrastado buen oficio y por el prestigio adquirido, son algunas notas características de estos años. Una de esas ofertas, que no puede rechazar más por sentimientos que por otra cuestión, es el diseño y dirección artística de bordados para el Paso Blanco de Lorca, presidido entonces por Luis Mora Parra. Se adentra así el pintor en este campo artístico inexplorado hasta entonces para él, y en el que consigue piezas ya tenidas por clásicas, como el estandarte de la Virgen de la Amargura.

Los encargos en el taller, situado desde finales de los 60 en Alcantarilla, son continuos y las ventas en exposiciones lo refrendan como personaje inexcusable y principal entre los creadores plásticos de Murcia. Las frecuentes muestras que realiza ahora en las salas más destacadas de Murcia (Zero, Chys, Villacis, o Nuño de la Rosa), Lorca (Porche y Thais) y Cartagena (Zurbarán) se enriquecen temáticamente con cuadros de máscaras, que pasarán a ser uno de los motivos preferidos por el pintor, y con acuarelas y óleos de las ciudades que visita en los frecuentes viajes realizados con Fuensanta, su mujer, al volante, o en compañía de entrañables amigos. Italia es el país preferido (sobre todo las ciudades de Florencia y Venecia) y casi el destino habitual de cada verano, pero también visita Holanda, Inglaterra, Suiza, Francia y Alemania, y realiza un interesante viaje con Avellaneda en 1978 por tierras de la Alcarria. Las anotaciones diarias, las carpetas de dibujos, una gran cantidad de diapositivas y fotografías que sirven como material de trabajo y los óleos y acuarelas que vende casi en su totalidad en salas o en el estudio son la mejor prueba de lo gratificante y beneficioso que resulta para el pintor emprender un viaje. Las exposiciones en Madrid continúan hasta mediados de los 70, siempre en Grifé & Escoda, y además expone ocasionalmente en Barcelona (Mitre Gallery, 1975) y en Alicante (Rembrandt, 1979).

La pintura de murales decorativos sigue su ritmo de encargos, aunque ya ninguno tiene que ver con temas religiosos (decoración del Rincón de Pepe, 1972; Centro Regional de Salud de Lorca y Banco Español de Crédito de Murcia, 1974; y murales para oficinas de la C.A.S.E., 1975). Y en cuanto a los carteles, realizará bastantes de entre los que destacan el de la Casa Nogués (1971), Cante de las Minas (1975) y sobre todo los de la Semana Santa y Fiestas de Primavera de Murcia (1977), que reproducen sendos cuadros de la procesión del Viernes Santo en la Plaza de Belluga y un grupo de hachoneros delante de una carroza del Entierro de la Sardina.

Con respecto a la investigación histórica, es justo en el momento en que la ciática lo retiene en la cama cuando se gesta la idea de revisar a fondo la teoría del autor de "El Quijote Apócrifo", tema sobre el que aprendió bastantes cosas en sus charlas con Espín Rael y que le resulta un enigma atractivo con el que aliviar las interminables horas de cama. Las concordancias literarias que va estableciendo trabajosamente resultan pronto insuficientes para demostrar su teoría, establecida casi inmediatamente de comenzar a leer, de que el zapatero y escritor Ginés Pérez de Hita es el autor que se esconde tras el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda. Sobre Pérez de Hita no hay más que biografías noveladas y decide entonces poner en pie un relato vital riguroso, apoyado únicamente en documentos. Los archivos históricos de protocolos de Murcia y Lorca (en éste le ayuda Juan Guirao) van a empezar a desvelarle no sólo la vida del zapatero, sino otras muchas de artistas, literatos, gente llana, profesionales liberales, obispos, regidores, mesoneros, soldados, canónigos,... y un sinfín de pequeñas historias que componen, en suma, la vida de las ciudades. De esas investigaciones derivará la larga serie de artículos de divulgación que publica en La Verdad, acompañados de su respectivo dibujo, que comienzan a primeros de los 70 y concluirán hacia 1984, aunque Muñoz Barberán seguirá publicando esporádicamente en la prensa regional artículos de este carácter y otra larga serie de los que podríamos calificar "de opinión" o de crónica ciudadana.

La escritura va a ocupar buena parte del tiempo del artista, que dedica esfuerzos ingentes a poner en orden la biografía de Pérez de Hita, la de otros escritores, libreros, artistas, etc., y su propia teoría sobre el "Apócrifo". Pero su primera tentativa en el mundo de los libros se produce en 1972, recopilando sus colaboraciones en el Seminario Pax y publicándolas bajo el título "¡Carta de la tía!". Es en 1974, con "La máscara de Tordesillas", cuando por primera vez expone por extenso su idea de atribuir el Quijote Apócrifo a Pérez de Hita, y en 1975, con motivo del homenaje a Espín Rael en el centenario de su nacimiento, da a la prensa, en compañía de Juan Guirao, parte de sus hallazgos documentales sobre el zapatero-escritor en "Aportaciones documentales para una biografía de Ginés Pérez de Hita". La visita a los archivos es ahora constante y de ella extrae datos que le sirven para componer su discurso de ingreso en la Academia Alfonso X el Sabio, que lee el 26 de marzo de 1976, titulado "Bosquejo documental de la vida artística murciana en los años últimos del siglo XVI y primeros del XVII". Escribir e ilustrar libros es algo que Muñoz Barberán ha estado haciendo casi desde siempre. Así es que cuando se le propone por parte de Pedro Olivares, galerista de Alicante, hacer uno de gran formato sobre Lorca, el pintor no lo duda. "Lorca, ciudad fronteriza" es, en el conjunto de dibujos, serigrafías y textos, un libro desenvuelto en el que prima su particular visión del lugar en que nació y que transmite la predilección y el profundo arraigo que Muñoz Barberán, a pesar de un aparente distanciamiento, siente por sus orígenes. La experiencia de un libro ilustrado la volverá a repetir en 1980, junto con Molina Sánchez y con el mismo editor, en el trabajo también de gran formato dedicado a Murcia que recibe finalmente el nombre de "Encuentros en la ciudad" y en el que ahora añade una colección espléndida de sonetos junto a dibujos y serigrafías.

También hubo publicaciones de otro carácter, como el prólogo que pone al conocido libro de Domingo Munuera sobre las procesiones de Lorca o la presentación del trabajo del sacerdote Candel Crespo sobre el convento murciano de justinianas de Madre de Dios. La década terminaría con dos textos para la "Historia de la Región de Murcia", abordando temas de vida cultural y artistas del siglo XVI, y con un folleto en el que se aportaban documentos novedosos acerca de la biografía murciana del pintor Pedro Orrente, opúsculo hecho por la galería Chys para conmemorar el cuarto centenario del nacimiento del pintor murciano.

El prestigio personal alcanzado por Muñoz Barberán en estos momentos hace que el mundo de la política lo intente captar con ofertas tan atractivas como vacías de contenido y de las que rápidamente se desentendió. Nombrado en 1977 director del Instituto Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Murcia, el cargo le duró el tiempo que tardara en comprobar que aquella institución no era más que una idea embrionaria, que cuajaría después en el Centro Almudí, pero que contaba por entonces con una escasísima dotación de presupuesto que dio, sólo, para reeditar el libro "Serie de los obispos de Cartagena", de Díaz Cassou. Dimitiría ante la negativa repetida a atender unas demandas presupuestarias que le parecían irrenunciables. Mucho menos duró su nombramiento de algo así como "inspector provincial de monumentos", hecho desde la Diputación Provincial, ya que inmediatamente de producirse no fue escuchada su reclamación sobre el posible derribo de una señalada casona murciana del barrio de San Juan. Una gloria parecida -es decir, ninguna- le reportó su nombramiento como asesor de entre los muchos que hizo el entonces Ministro de Cultura Ricardo de la Cierva. Unos pocos viajes a Madrid, el conocimiento de importantes personalidades de la cultura del momento y nada más. El paso del pintor por estos cometidos no le reportó beneficio alguno, ni económico, ni personal, ni profesional. Y en honor a la verdad, tampoco le ocasionó perjuicios.

La ampliación del círculo de amistades del pintor se produce al hilo de su ejercicio profesional y de su estrecha relación con el mundo de los archivos. La lista sería interminable, y sólo como muestra se reseñarán los nombres de Francisco Fernández Salvador, médico y galerista, y María del Mar Fernández-Delgado, y de los historiadores María Teresa Pérez Picazo y Guy Lemeunier.